miércoles, 10 de agosto de 2016

1. La argumentación como diálogo razonable

Toño
Rafael Peralta
Apá, mamá, ya no voy a ir a la escuela.
Las palabras por fin salieron de su boca. Toño sintió que sus padres lo miraban con cara de quien ve a otro escupir un alacrán vivo. Se quedaron callados por unos segundos que a Toño le parecieron eternos. Cuando por fin Doña Lucía abrió la boca para decir algo, su marido se le adelantó.
―¿Qué dices?
La cara de don Mario tenía una expresión nunca antes vista por su hijo, lo mismo parecía de enojo que de tristeza, de incredulidad que de decepción.
―Ya no voy a ir a la escuela, papá.
―¿Y se puede saber qué piensas hacer entonces?
―Me voy a ir al norte, con mi tío Juan.
―¡No, señor! ―gritó don Mario― ¡Eso sí que no! Me he pasado bastantes años trabajando a destajo para que tú no tengas que preocuparte más que de la escuela, esforzándome para que tengas chance de salir adelante. ¡Tú no te vas a ir al norte! ¡Y no quiero volver a oír semejantes ideas porque te parto la boca! ¿Me entendiste? ¡Te juro que si es necesario te arrastraré hasta la escuela todos los días!
Don Mario dejó caer su pesada mano sobre la mesa, se levantó sin terminar la cena, salió de casa y se alejó. Por la dirección en que caminaba, Toño intuyó que su papá iba a la casa de su tío Manuel, el hermano mayor de don Mario.
El silencio incómodo que quedó después de su partida fue roto por su madre.
―Ay, hijo, ¿por qué haces enojar a tu papá? No le digas esas cosas.
―Lo siento, ma’ ―la interrumpió el chico―, pero no lo digo nada más por hacerlo enojar. Es en serio, ya no quiero ir a la escuela. Y no me importan sus amenazas, estoy convencido.
―Pero, ¿por qué? No eres malo en ella, saliste bien de la secundaria y si entras al bachillerato tecnológico no solo puedes sacar el bachillerato sino también una carrera técnica y en una de esas hasta entrar a la universidad.
―No, mamá. En serio, ya lo pensé. Dígame, ¿para qué quiero ir a la universidad?
―Pues, para tener un buen trabajo, Toño. Uno en el que ganes bien y te permita tener una buena vida.
―Pero, mamá, mi tío Rodrigo estudió la universidad y ni trabajo encuentra. En cambio, mi tío Juan estudió hasta la secu, pero allá en el norte tiene chamba y gana bien. Vea nomás la casa que se está haciendo con el dinero que manda.
Doña Lucía se quedó callada. Lo que Toño decía era verdad. ¿Qué podía decirle a su hijo? ¿Cómo podía convencerlo de que no dejara la escuela? Algo en su interior le decía que debía haber buenas razones para que Toño siguiera estudiando, pero en ese momento se sentía incapaz de encontrar alguna qué decir a su muchacho para convencerlo.
―¡Ay, hijo! ―dijo finalmente doña Lucía― solo recuerda lo que dicen los refranes: «quien poco estudió, poco lució» y «cada día estudiando pasa el hombre de necio a sabio».
―Pues, eso dirán, mamá, y a la mejor es verdad, pero a mí no me convencen para no dejar la escuela. Yo quiero que me den buenas razones, no amenazas ni refranes.
Y con estas palabras, Toño cerró la conversación sobre el tema con su mamá. El resto de la velada hablaron poco, pero siempre de otros asuntos.
Al día siguiente, prácticamente todos en la familia estaban enterados de las ideas de Toño. Su papá se había encargado de contárselo a los tíos y los tíos a los primos. Y seguramente alguno de los primos, o tal vez de los tíos mismos, había ido con el chisme a la abuelita porque en cuanto el muchacho pasó por su casa, ella no dudó en llamarlo.
―Toño, m’hijo, ven un rato.
―¿Qué pasó, abuelita?
―Nomás te quiero contar una historia. Hace mucho que no escuchas mis historias, y eso que te gustaban mucho.
―Todavía me gustan, abue. Cuéntame, anda.
La abuela contó la historia de un hombre que, por no querer estudiar ―no por falta de inteligencia sino por flojera―, pasaba por muchas dificultades y terminaba por morir en la pobreza, una persona a la que la ambición y la soberbia, además de buscar siempre el camino fácil al éxito y a la riqueza, lo llevaron por el camino de la infelicidad y la desdicha.
Toño escuchó con atención la historia de su abuelita. No le pasó desapercibida la alusión a sus intenciones de dejar la escuela, e incluso llegó a sentirse conmovido por el final del desdichado protagonista. Sin embargo, le pareció que incluso esa historia no le daba buenas razones para no dejar la escuela. «A fin de cuentas ―pensó para sus adentros― se pueden inventar historias de muchas maneras, y lo mismo podrían hablar de alguien al que le va mal por no seguir estudiando que de alguien que abandona la escuela y le va súper bien». Pero no le dijo nada sobre eso a su abuelita para no molestarla.
―Muchas gracias, abue, es una historia muy interesante, pero debo irme porque me esperan en casa. Luego vengo a verte, ¿vale?
―Hasta luego, Toñito. Me alegra que te haya gustado.
Toño caminó rumbo a su casa, lentamente, pensativo. Cuando pasó frente al billar de don Morán, escuchó que alguien lo llamaba.
―¡Toño! ¡Ven!
El muchacho reconoció enseguida la voz de su tío Rodrigo, el universitario desempleado. Sonrió al verlo y se dirigió hacia él con los brazos abiertos. Hacía dos meses que no lo veía y, a pesar de lo que había dicho a su mamá, quería mucho a su tío, lo respetaba y admiraba.
―¡Qué pasó, tío! ¿Cómo estamos?
―Pues, acá saludando a los cuates y jugando un rato. ¿Le entras?
Toño decidió que no era mala idea jugar un poco, de modo que aceptó la invitación. En cuanto se inició el juego, su tío comenzó a platicar con él e inevitablemente, llegó al mismo tema.
―Escuché que quieres dejar la escuela, ¿qué pasó? ¿Por qué?
―Ya lo pensé, tío, y me parece que no tengo buenas razones para seguir en ella. Estudiar ya no garantiza que uno va a tener trabajo y dinero para poder vivir bien. En cambio, hay personas como mi tío Juan, que sin estudiar más que la secundaria ganan bastante y tienen para construir casa, comprar coche y hasta para mandar a su familia de vacaciones de vez en cuando.
―Es verdad lo que dices, Toño, pero de todos modos yo creo que hay buenas razones para que sigas estudiando en lugar de dejar la escuela desde ahorita, que estás todavía muy chico.
―Pues, hasta ahorita nadie me las ha dado. Mi papá me amenazó, juró que me llevaría a la escuela a rastras. Mi mamá me dijo unos refranes. Y mi abuelita, hace poco, me contó una historia para convencerme. Pero siento que ninguna de estas cosas me basta.
―Bueno, yo intentaré darte razones, escucha mis argumentos ―dijo sonriendo el tío Rodrigo.
―En primer lugar ―comenzó a decir el señor―, es verdad que la suerte de los que estudian puede ser muy mala, hasta parece que por uno al que le va bien, hay como diez a los que les va mal.
―Pues eso es lo que yo digo.
―Pero esto no se debe a los estudios mismos, sino a las situaciones sociales y económicas en que vivimos. Y si queremos terminar con estas situaciones, tenemos que estudiar lo que ocurre. ¿No te parece?
Bueno, sí, creo que sí, tío.
―Pero con todo esto, el que estudia y aprende siempre tiene para sí la satisfacción del fruto de sus aprendizajes. Porque el esfuerzo del estudio se ve premiado, en primer lugar, con el conocimiento, no con riquezas o bienes materiales.
―Parece que es verdad. Yo mismo me siento muy bien cuando aprendo algo nuevo o logro entender algo que me costaba trabajo.
―Además el ignorante rico puede tener quien lo adule con tal de sacar provecho de la riqueza del otro; pero el estudioso y conocedor, aunque sea pobre, siempre tendrá quien lo aprecie, quien lo ame y alabe a pesar de su pobreza. Finalmente, el necio se llamará dichoso mientras sea rico; el sabio lo será realmente en medio de la desgracia si junta la ilustración y la virtud.
Toño se quedó callado. Parecía que lo que decía su tío era cierto. El mismo Rodrigo parecía ser el ejemplo de lo que decía. No tenía bastante dinero, pero siempre parecía ser feliz, y a pesar de su situación, siempre estaba rodeado de personas que lo apreciaban y admiraban. Toño mismo era una de esas personas. Sin saber qué decir, Toño vio a su tío a los ojos y le sonrió con la mirada.



Ejercicios.


Ejercicio 1.

1. Prometo que iré a tu fiesta.
2. Hay un perro en la calle.
3. Te pido por favor, de la manera más atenta, que me dejes de llamar por teléfono.
4. Afuera está lloviendo.
5. Juro que no tuve nada que ver con el robo del celular de Mariana.
6. Quiero ir a la fiesta.
7. Yo te tomo a ti como mi esposo.
8. Te sugiero que no entres a ese lugar.
9. El dinero estaba sobre la mesa de la cocina.
10. Confieso que desearía estar ahí contigo.


Ejercicio 2.

1. Peleaste con un compañero y terminaron golpeándose, ¿cómo le dices al profesor por qué pasó esto? ¿Qué acto de habla ocupas?
2. Un profesor te ha dicho que reprobarás la materia, ¿qué le dices para que te apruebe? ¿Qué acto de habla ocupas?
3. Tus tutores no están de acuerdo con que tengas novio(a) porque piensan que eso te distraerá mucho de tus estudios, ¿cómo los convences de que no será así? ¿Qué acto de habla ocupas?
4. Contemplas un atardecer que te ha impresionado, ¿cómo puedes compartir tu experiencia a tus amigos? ¿Qué acto de habla ocupas?
5. Estás convencido de que una de las reglas de la escuela es mala o injusta, ¿cómo puedes mostrar esto a los demás? ¿Qué acto de habla ocupas?
6. Tus compañeros de equipo creen que no harás la parte del trabajo que te toca, ¿qué les dices para que confíen en ti? ¿Qué acto de habla ocupas?
7. Cuentan un chiste y alguien no lo entendió, ¿qué haces para que lo entendiera? ¿Qué acto de habla ocupas?
8. Quieres dejar bien claro que pretendes ganar una competencia deportiva, ¿qué dices para que los demás se den cuenta? ¿Qué acto de habla ocupas?
9. Presenciaste un robo, quienes llegan después acusan injustamente a una persona inocente de haberlo cometido, ¿qué haces para mostrarles que no es culpable? ¿Qué acto de habla ocupas?


Ejercicio 3.

1. Antonio está enojado con María porque ella le dijo al profesor que copió en el examen. Argumentar para convencerlo de que María hizo lo correcto.
2. Antonio está enojado con María porque ella le dijo al profesor que copió en el examen. Argumentar para convencerla de que no debió hacerlo.
3. Fuiste testigo de una pelea entre Rocío y Sandra. Cuéntale al profesor cómo pasó, de modo que crea que Rocío tuvo la culpa.
4. Ahora, narra los hechos de manera que hagas ver que Sandra fue la culpable de la pelea.
5. Describir una situación en que la emisión «Prometo que iré a tu boda» puedan interpretarse como una amenaza.

6. Describir una situación en que la emisión «Prometo que iré a tu boda» puedan interpretarse como un compromiso de asistir a la fiesta.


Ejercicio 4. 

A continuación se presentan tres escenas en las que hay una argumentación.

A) Identifica si hay una intención que guía esta argumentación y, de ser así, cuál es.
B) Pero también puede ser que en esa interacción alguno de los hablantes se haya dado cuenta de que se ha roto una presunción del lenguaje. En ese caso, identifica cuál es la presunción que se ha roto y da origen a (o continúa) la argumentación.
C) Finalmente, identifica en cuál situación solo se presentan argumentos sin que haya intercambio de ellos, y en cuál se comparten y entrelazan argumentos de modo que hay un ciclo argumental.

Escena 1.
Un recién egresado de primaria acaba de ser inscrito por su padre en una secundaria militarizada. La madre del papá y la esposa discuten con él. La plática ocurre en la Ciudad de México, en 1968-69.

Abuela— Solo a los delincuentes se les inscribe en escuelas de soldados.
Papá— No es una escuela de soldados, son cadetes, estudiantes como otros cualquiera. Creo que ha llegado el momento de que mi hijo se entere de que no ha nacido en un paraíso.
Abuela— Para saber que la vida no es un paraíso no hay que encerrarse en un corral de puercos.
Papá— Jóvenes cadetes.
Abuela— Pequeños marranos. Y punto.
Mamá— No toleraremos que cometas una tontería así con este niño.
Papá— ¿Tú qué vas a saber? Ocúpate de tener a los niños limpios: yo me haré cargo de su educación.
Mamá— No estamos en Alemania ni en guerra para que deba ir a un internado militar.
Papá— Un momento, no he hablado de internar al niño. Estará medio interno, solamente. Puede volver a su casa para dormir. Y si la escuela no estuviera tan lejos podría comer aquí todos los días. ¿Eso les parece trágico? ¿Dónde está el drama? Además, no es una escuela militar, sino un colegio con disciplina militar; una escuela como existen tantas, solo que aquí no le permitirán comportarse como animal. Ustedes estarán satisfechas cuando termine en la cárcel: quieren un héroe, un estudiante en huelga.


Escena 2.
Unos padres despiden a su hija menor que emigra de Coatzacoalcos a la Ciudad de México. Lo hace para estudiar danza. Es la segunda década del siglo XX.

Madre— ¿Qué se te pudo ir tan lejos? ¿Por qué no te quedas a vivir y a tener hijos en paz?
Hija— ¿Para que luego me dejen como yo a ustedes?


Escena 3.
Un hombre platica con su sobrino (un niño) que ha llegado a pasar las vacaciones de verano con él. Antes de esta ocasión se han tratado solo una vez, y de eso tiene varios años.

Tío— Ahora propongo que pongamos en práctica el método del famoso detective Sherlock Holmes para conocer personas: vamos a hablar de nuestros defectos. ¿Cuáles son los más grandes que tienes, sobrino?
Sobrino— No sé.
Tío— Para vivir con alguien tienes que saber qué problemas te puede dar. Nadie es perfecto. Si aceptas esos problemas te llevarás bien.
Sobrino— No se me ocurre nada.
Tío— ¿No serás un poco presumido? Todos tenemos nuestros defectillos. Está bien. Empezaré yo. Uno: ronco en las noches, esto no es grave porque tendrás tu propio cuarto; dos: no me gusta que me hablen cuando estoy leyendo; tres: no soporto que alguien cante; cuatro: me enojo mucho por cosas que no tienen importancia, pero se me pasa rápido; y cinco: hago mal las cuentas y me quedo con monedas de otras personas... Ahora te toca a ti.
Sobrino— A veces tengo pesadillas y grito por la noche; también me dan calambres en las piernas; no soy muy ordenado y tiro mi ropa en el suelo; me lavo mal las manos y a veces las tengo pegajosas; me distraigo cuando estoy pensando y no oigo bien lo que me dicen; soy torpe y rompo las cosas...
Tío— Puedo vivir con todo eso. ¿Y tú? ¿Puedes vivir con mis defectos?
Sobrino— Sí.
Tío— Perfecto. Esos problemas nos unirán mucho.


 Ejercicio 5.

La pata de mono
W.W. Jacobs


I
La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.
-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.
-Mate -contestó el hijo.
-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.
-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.
-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.
-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.
-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.
-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.
-Se cumplieron -dijo el sargento.
-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.
-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?
-No sé -contestó el otro-. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.
-Si usted no la quiere, Morris, démela.
-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
-¿Cómo se hace?
-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.
-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.
-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.
-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.
-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.
II
A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.
-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.
-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.
-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.
-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
-Lo siento… -empezó el otro.
-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.
-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.
-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
-Doscientas libras -fue la respuesta.
Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.
III
En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.
-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
-La quiero. ¿No la has destruido?
-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
-Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
-¿Pensaste en qué? -preguntó.
-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.
-¿No fue bastante?
-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
-Dios mío, estás loca.
-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
-Fue una coincidencia.
-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…
-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
-¡Pídelo! -gritó con violencia.
-Es absurdo y perverso -balbuceó.
-Pídelo -repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
-Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
-¿Qué es eso? -gritó la mujer.
-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.
-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.
-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.





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